A veces me imagino vidas al lado de personas
que se cruzan conmigo por la calle, en los bares.
Llamaron mi atención,
como si un polvo mágico saliese de ellas inspirando confianza
que luego podría tornarse falsa en la realidad.
Me pierdo con ellas en sueños,
actúo sobre centenares de escenarios, en frente de animales
que saltan de un lado a otro y se rompen los cuellos en un pogo
al ritmo que siguen nuestros instrumentos;
vivo historias imposibles de amor y odio,
historias en las que yo decido cuando acabamos, si es que lo hacemos;
luchamos contra tiranos alrededor del mundo y más.
Llego a imaginarme que despierto junto a ellas
tras una noche especial que no tiene por que ser romántica
ni tiene que ser a solas,
ni tranquila o demencial.
Nos emborrachamos con whisky, tequila, ron, vodka...
con todo lo que nos encontremos para luego acabar con nuestras penas
y pegarle una paliza al cuñado gilipollas de turno.
Llego a sentirme como el director de una película que refleja mi vida ideal,
en la que todo empieza y acaba como a mí me gustaría,
con un toquecito de drama para hacerlo interesante.
A veces uso mi punto de vista, pero alterno hacia la tercera persona
para observar cómo lo vería un espectador ajeno a la trama,
descartando todo aquello que parezca surrealista,
aferrándome al mundo real todo lo que puedo sin detener mi imaginación.
Y es que las vidas de película no existen.
Tampoco esas personas encarnadas por desconocidos, pero es divertido fantasear de vez en cuando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario