Escapaste de las tendencias que te privaban de tu poder;
el poder de gritarle al prójimo que eres único
y que no volverás a doblarte para hacer el trabajo de nadie
aún teniendo a tu espalda el peso de las acciones pasadas
ya enterradas en el cementerio de tu mente.
Sentiste la mirada penetrante y gélida de la temida
mientras te consumías echado en el suelo,
observando cómo tus ríos se desbordaban sobre tus brazos
anunciando la hora de partida del tren con destino a la nada.
Probaste el mejunje finalizador que ardía como el infierno
y tampoco fue suficiente para condenarte.
No puedes decir que eres inmortal, pues tu día llegará,
pero sí puedes decir que has probado tu suerte en reiteradas ocasiones
y has podido reírte de esas personas que quisieron explotarte
para luego acabar contigo.
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