Me he despertado justo en el final de una pesadilla,
sudando y sofocado, con el estómago cerrado,
me encuentro más vacío que las jarras de cerveza
al acabarse la noche del sábado y la madrugada del domingo.
Estoy solo en la habitación.
No hay ni un alma en la casa, pero todo está lleno de restos del día anterior;
es un vertedero de consecuencias, las pruebas de lo que pasó
están en reposo amontonadas por el suelo.
El hambre no aparece.
Me tomo sin ganas una taza de café a pesar del bombardeo
que se está llevando a cabo en mi corazón;
los latidos son fuertes y rápidos, los oigo sin concentrarme en ellos,
a veces parece que se detienen por un segundo ennegreciéndome la visión.
Termino el pobre desayuno con un sabor amargo en la boca.
No hay mucho que hacer, salvo dejar que el calor me abrase la cabeza
a base de azotes con forma de memorias vomitivas
que me patean el estómago con violencia.
Logro contenerlas con un esfuerzo inhumano a la vez que busco señales de vida
en la bandeja de entrada, sin éxito.
Oigo la llave abriendo la puerta, chirriando, los pasos están cerca.
Toca ponerse la armadura y enfrentarse a un nuevo número en el calendario.
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